Estos días me rodean cientos de ventanas.
Por ellas se asoman el sol y la luna,
y luego desaparecen.
Me observan.
Suplican.
Golpean los vidrios,
pidiendo entrar
para bañarme en su luz.
Las paredes de mi cuerpo retumban
con el grito del murmullo incesante
que repite, segundo tras segundo:
algo no marcha bien,
he perdido el control.
Dentro de mis entrañas arden impulsos
a los que quisiera rendirme:
soltar el llanto,
gritar,
arrancarme el peso
que se ha posado sobre mis hombros.
Y así, ligera,
encontrar alivio —
o algo que se le parezca.
A pesar de la necedad de mi mente incansable,
vive en mí un resquicio de esperanza.
Derrumba las paredes.
Rasga las cortinas.
Deja entrar la luz
que despeja este cuarto nebuloso y oscuro.
Los destellos de luna y sol
me acarician.
Rozan mis mejillas,
secan mi llanto.
Estremecen mi cuerpo con cálidos susurros,
como besos sobre la piel
abrazando mi alma.
Entre suspiros me dejan sin aliento.
Cansada de luchar contra lo invencible,
escucho a mi espíritu inquebrantable,
latente en mi corazón sangrante,
decirme:
Vamos a estar bien.
Se puede danzar en paz
dentro de la incertidumbre.

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