Mi cuerpo es un museo de todo lo que he perdido

Un intento por entender la perdida

Se siente el viento y la humedad por la mañana. Está nublado y la luz apenas entra por la ventana; el cuarto se siente gris. Una calma que será breve.

Sentada en el comedor, sostengo mi taza de té de jengibre. Le doy un sorbo contemplativo. Ya está tibio. El sabor pasa por mi boca, desciende por la faringe y abre mis pulmones. Siento cómo se expande.

¿Será acaso que este clima nublado—a veces asfixiante por la humedad—me tiene en este instante reflexivo?

A mi lado, con los ojos entrecerrados, observo a mi compañera perruna. 

Abre un poco más los ojos y compartimos una mirada: entendimiento, complicidad.

Luego se reacomoda en ese silloncito afelpado donde su cuerpo cabe a la perfección.

Mientras observo su respiración, cómo descansa, un pensamiento incesante irrumpe en mi mente, como un susurro en el viento: “algún día también serás parte de mi museo”.

Tose, como suele hacerlo desde hace un año. Padece de presión alta y problemas del corazón. Tiene trece años.

No puedo evitar derretirme en sus ojos mientras duerme; descansa, serena. Ojalá siempre estuviera así de tranquila. Ya es una adulta mayor, no tolera muchas cosas; se cree un dóberman atrapado en el cuerpo de una pomerania. Mi hermana la describe como demasiado inteligente para nuestro propio bien. Abre puertas con su nariz. Tan indomable, tan ella.

Hace trece años no era santa de su devoción. Aprendimos a convivir a nuestra manera. Hoy somos inseparables. Es ella quien me espera en la puerta. 

Por cuestiones de la vida y por ciertas coincidencias, acabó siendo mía. Comprendió que pertenecía a mi manada y desde ese momento me protege. Con sus desplantes de señora mayor, no le gusta que la incomoden. Rebelde desde los seis meses. Su escondite favorito eran los zapatos en los que cabía su cuerpo diminuto; hoy solo se refugia sobre ellos. 

Le doy otro sorbo al té. Ya está frío; mi paladar disfruta el jengibre.

Y como si el té me activara los sentidos, me quedo contemplativa observando a mi compañera. 

“¿Qué haré cuando llegue tu tiempo y ya no estés aquí?”

Ese pensamiento flotante toca fibras sensibles. Recorre las cicatrices de un corazón que ha tenido que repararse, no una, sino incontables veces.

El tiempo transcurre.

A veces parece lento; a veces rápido. Pero siempre avanza a la misma velocidad.

No fue hace mucho que vivía en otra casa, acostada en mi cuarto, con ella pegada a mi torso. Un día como este, hace casi once años: también nublado, pero mi amiga fiel tenía apenas dos años. Aún nos acompañaba mi otra pequeñita, una simpática chihuahua de pelo largo. 

Sus ojos no estaban salpicados de canas. Igual de gruñona, sí, pero al menos obedecía. No tosía todavía. Aún no hablábamos de problemas del corazón. 

Insufrible tiempo.

¿En qué momento vivimos en otro lugar, en otra cama, tú a mi lado, pero ahora roncando…y ahora sin nuestra otra compañera?

A veces me observo en el espejo y siento cómo el tiempo se mueve por mi cuerpo, por mi cara, por mis manos.

Luego, sigiloso y delicado, se desliza por mis venas, mis heridas, mis recuerdos.

Indescifrable tiempo. Su ritmo me ha ayudado a sanar las heridas que me carcomían por dentro. Dolor y caricia a la vez.

Los amaneceres ahora saben distintos. Algunas cosas saben tal vez igual, pero existe la certeza de que yo ya no soy la misma que hace trece años.

El tiempo se ha adherido a mis venas.

A las patitas blancas con café de mi amiga fiel. 

A los destellos de pelo blanco que le brotan en la cara.

A la ausencia de mi otra compañera de vida.

El tiempo me respira en el cuello y no quiero voltear.

 “La vida me ha hecho perder muchas cosas, pero me ha dado una mirada”.

Y es que ahora lo veo todo, tal vez, con una claridad que me aterra, pero que me hace seguir; a veces me obliga.

Últimamente he experimentado una hiperconciencia de lo efímero, de lo inevitable. Quiero reconciliarme con el tiempo. Caminar a su lado, llevar el viaje con calma. ¿Qué tal si el tiempo siempre me ha mirado con buena cara?

Como cualquier ser humano, no soy ajena a la pérdida.

He perdido tantas cosas que ya no llevo la cuenta.

Mi cuerpo es apenas un fragmento de un museo de todo lo que he perdido, soltado y llorado: todo lo que un día rozó mis manos.

 Entre sorbos de té ya frío y descubrimientos sobre mi propia psique, algo en mí se acomoda en silencio.

Entiendo que aquello que hoy está conmigo eventualmente decidirá o tendrá que  marcharse, despidiéndose  y añadiendo un cuarto más a mi museo.  Pero me dejará marcado el pecho. El corazón, con una ardiente pasión.

Soy cercana —diría incluso íntima— a la pérdida.  Tal vez no la vea como una amiga, sino como una criatura que se esconde en la oscuridad de mi mente y me seduce a pensar en ella.  Me habla entre murmullos, interrumpe mi tranquilidad y termino cediendo ante sus intentos, dejando que mis pensamientos se llenen de su presencia.

Y ahora, dentro de su encanto, me acaricia un pensamiento, la pregunta que abre el interminable diálogo interno:  

¿Qué perderé hoy?

Estoy viviendo un proceso casi catártico mientras me reconcilio con el tiempo.

Y esta vez, también con la pérdida.

El ciclo inevitable de todo lo que habita esta tierra.

Hay muertes metafóricas y muertes físicas, pero ambas conmocionan el corazón. El cuerpo angustiado— ¿Cuántos duelos no ha vivido hasta el día en que dejamos de existir?

He llorado mi propia muerte metafórica. Algunas veces incluso he celebrado que esa versión de mí ya no exista.  Ardiendo y extinguiéndome, una y otra vez. Fuego, cenizas y viento. 

Qué delicadeza hay en el duelo. El corazón termina agotado pero renovado, agrietado, pero más fuerte: el epítome de la resiliencia.

Hace poco leí un diálogo. Uno de los personajes decía que solemos pensar en la frase “la vida y la muerte”, como si la muerte fuera lo opuesto a la vida.

Pero quizá nacer es lo opuesto a morir.

Y tal vez la vida no tenga un opuesto como tal.

La vida es milagro y desastre coexistiendo.

Es tiempo.

Espacio.

Pérdida y ganancia.

Sube y baja.

Tormenta y calma.

Todo latiendo al mismo tiempo.

La vida es un viaje de duración indefinida que compartimos con el resto de los humanos.

Interconectados.

Y entonces vuelve la pregunta.

¿Qué voy a hacer cuando decidas que es tu tiempo?

Renacer.

Aprender a vivir con el vacío que me dejarás.

Reconciliarme con la pérdida.

Entenderla, así como te entenderé a ti cuando te vayas.

Tiempo impertinente, pero sabio.

Consciente de lo efímero

Y de lo apacible que es vivir.

Perder me ha dado resistencia.

Valentía.

Valentía para no olvidar, aunque me desgarre el corazón.

Aunque duela.

“El dolor por la pérdida no es una interrupción de la vida; es parte de ella.” 

 Abrazo la pérdida, aun con esas espinas que sé que atravesarán mi piel y me harán sangrar, porque también es parte de mí.

Y tal vez de eso también se trate vivir:

de aprender a amar desmedidamente,

a pesar de lo efímero,

de la pérdida,

de la muerte, de lo que se acaba.

Amar y vivir aunque el corazón se desgarre entre espinas.

Dejarse sentir profundamente.

Que el amor nos inunde hasta las venas, 

Y que el tiempo pase a un segundo plano.

 ¿Qué voy a hacer con el amor que le tengo a todo lo que amo cuando ya no esté aquí?

El amor no se evapora; solo se transforma. Seguiré amando hasta que el tiempo, finalmente, pronuncie mi nombre.

Así que me quedaré aquí,

Abrazando y celebrando el museo, entre lágrimas, sonrisas y pasión.

Porque al final, vivir también 

es aprender a perder.

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