Crónicas de una melómana: historias entre radio, vinilos y ritmos

Crónica 1: Estaciones de radio y playlists


Para Chelina

Frente a mí se presentaba un interesante dilema: se abrían dos posibles caminos, una decisión.

Con una pequeña sonrisa, el sonido entraba por mis audífonos hacia mis oídos, comenzaba a sentir el ritmo y cómo vibraba a través de mi cuerpo.  Incluso si es algo diferente a lo que suelo escuchar. Mi sonrisa se amplía, se desliza por mi cabeza, la agita, luego viaja a mis brazos, los hace moverse, y finalmente toma control de mis piernas y pies, que inevitablemente encuentran el compás.  Estaba descubriendo una nueva canción.

Ese día decidí no escuchar mi habitual playlist Focus, esa lista que reservo para mi horario laboral, que me ayuda a mantener la concentración y evitar la procrastinación. Ese día solo escogí una canción —“It’s Too Late”, de Carole King— para comenzar, y dejé que el resto lo decidiera el algoritmo de Spotify.

Todo esto ocurría durante mi horario laboral, donde preparaba uno de los tantos correos políticamente correctos en los que, una vez más, debía decirle a uno de los clientes que lo que desea no es posible —y sabiendo que su respuesta no sería precisamente la más amable ni tampoco la más madura—, me repetía que nada debo tomar de manera personal. Al final del día, solo está intentando conseguir lo que quiere, igual que todos nosotros en esta experiencia corporativa que, a ratos, se siente más como una simulación mal programada: llena de procesos, protocolos (a veces un tanto absurdos), frases pasivo-agresivas dignas de captura de pantalla para compartir en el chisme corporativo y esa extraña ilusión de que cada meta es de suma importancia, cuando en realidad solo estamos tratando de sobrevivir una semana más sin perder la cordura, la paciencia y con suerte, consumiendo un poco menos de cafeína para moderar la adicción.

Aun sabiendo todo esto, busqué en mi archivero mental —y en ChatGPT— la forma más amable y clara de poder decir “no” por quinta vez, mientras mi cuerpo seguía inmerso en el ritmo de la canción cuyo nombre desconocía.

He aquí el dilema: seguir redactando ese correo que tal vez podía dejarse para la siguiente hora o ir a investigar quién fue el artista que me ha puesto de buenas. Sin pensarlo más, cerré la ventana de Outlook y abrí Spotify.

El causante de mi sonrisa, baile e inevitable procrastinación de mis deberes laborales fue nada más y nada menos que Paul Simon. Resulta que estaba escuchando “I Know What I Know”. Una canción que mezcla ritmos africanos, sonidos acústicos, que me recordó un poco al ritmo de Harry Belafonte en “Jump in the Line” combinado con “Bob Dylan’s 115th Dream”, de Bob Dylan.

Paul Simon, bienvenido seas a mi universo musical. Ahora venía la pregunta de siempre:

¿A qué playlist se irá este nuevo descubrimiento? ¿Encabezará la playlist número 138, la cual no tiene nombre aún?

Hoy, cuento con 138 playlists, todas con su nombre, su estilo, y, si tengo ganas de esmerarme, le añado una foto, una que resalte la personalidad de la lista.

Crear una playlist no es una tarea fácil. Crear una playlist es un arte. Ya lo decía Rob Gordon, el personaje que interpreta John Cusack en High Fidelity:

“Hacer una buena compilación musical —en su caso, un casete (es una película de los 2000)— es una forma sutil de arte, llena de reglas no escritas sobre qué sí hacer y qué no hacer. Estás utilizando la poesía de otros para expresar cómo te sientes.”

Es algo íntimo. Incluso me atrevería a decir que es catártico y nostálgico.

High Fidelity es una película que representa cómo la música puede enfatizar las emociones de un personaje al escoger la canción perfecta para acompañarlas.

La película comienza con un rock psicodélico de los 70’s: “You’re Gonna Miss Me”, de 13th Floor Elevators, y es cuando el personaje de Rob se presenta y nos introduce a su famosa lista: el Top 5 de sus separaciones amorosas, cada una acompañada del Top 5 de canciones para un rompimiento. En el número tres, por ejemplo, se encontraba “The Tracks of My Tears”, de Smokey Robinson & The Miracles para acompañar la historia de su separación amorosa de Jackie Alden.

Con el paso del tiempo —veinte años después, para ser exactos—, una nueva versión de High Fidelity salió en formato de serie. En esta adaptación, protagonizada por Zoë Kravitz —una serie que, aunque no alcanzó la magia de la película original y en vez de casetes eran playlists de Spotify, sí nos regaló una banda sonora excelente— aparece, por ejemplo, “Come On Eileen”, de Dexys Midnight Runners. Una canción que, sin importar cuándo la escuche (sea incluso mandando un fastidioso correo), siempre me pone a bailar y de buen humor.

¿Aun no tengo claro cómo comenzó esta adicción o afición? ( Aún no sé cómo definirlo) pero sé que la relación que tengo con la música comenzó hace unos 20 años atrás.

Todo (o casi todo) se remonta a mi infancia y cómo fui creciendo, siempre con música. Desde que tengo uso de razón, la música ha formado parte de mi vida. He tenido una constante banda sonora que acompaña mis memorias: tristes, felices, románticas, nostálgicas, dolorosas, emocionantes… todas están acompañadas de melodías.

Recuerdo mis primeros encuentros con la música. En la casa donde crecí, exactamente en Piedras Negras, Coahuila, existía una increíble cocina. Esa cocina era el punto de reunión para cualquier situación: discutir cambios importantes, comer deliciosa comida, bailar, cantar, así como tener crisis existenciales. Aún recuerdo cuando, después de comer, me acostaba en las tres sillas altas que se encontraban en la barra de la cocina y le contaba a mi mamá uno de mis sueños guajiros del momento. Pero lo más importante es que todos esos momentos eran incluso más emocionantes o divertidos ya que siempre estaba la grabadora prendida, reproduciendo los hits del momento, muchos clásicos como Prince, Def Leppard, Bee Gees, entre otras joyas musicales.

Uno de los platillos más importantes que se preparaban en esa cocina eran las legendarias tortillas de harina que preparaba —y aún prepara— mi mamá. Ahí la veía alrededor de las siete de la tarde, preparando la masa para las tortillas al ritmo de una combinación de éxitos de los 70’s y 80’s. En esa estación de radio con la que crecí —como muchos de los que vivimos en la frontera— era la inconfundible 92.7 KINL (se pronunciaba “quei-ai-en-el”), una estación de radio de la ciudad que es frontera con Piedras Negras: Eagle Pass, Texas.

“It’s gonna take a lot to drag me away from you
There’s nothin’ that a hundred men or more could ever do
I bless the rains down in Africaaa…”

Sonaba “Africa”, de TOTO.

En lo que esperaba la cena, estaba en mi cuarto haciendo tarea, o recortando revistas para hacer algún collage, sacando pósters del actor o cantante que me gustara en ese momento para pegar en la pared de mi cuarto, mientras esperaba que mi mamá me hablara para que fuera a cenar.

—¡Miroslava, ya está lista la cena!—
En ese momento iba corriendo a la cocina para prepararme la bebida que acompañaba mi cena: leche con chocolate. Mientras sonaban melodías y letras como:

“Just a small-town girl, living in a lonely world…”
“She took the midnight train going anywhere…”

Una vez listo el combo cena de las ocho, era momento de sentarme en la sala de televisión con mi hermana Ale a ver El Chavo del 8.

Fui creciendo, y mi gusto musical se fue ampliando poco a poco. Y en este, mi archivero de música, algo de lo que no carecemos es de variedad.

Se puede decir que durante mi infancia la radio fue la fuente de conocimiento musical. Después conocí los programas para descargar música: Ares y LimeWire.

En mi archivero mental, una de esas carpetas que más atesoro, es la que guarda el recuerdo de mi nana Chelina, quien llegó a mi casa en 1997 cuando yo apenas tenía un mes de edad. Una de las personas que me vio crecer desde muy pequeña, la que me cumplía mis caprichos y me consentía. Ella disfrutaba mucho escuchar la estación La Rancherita del Aire, 103.7 FM.

“¡Es la Rancheritaaa del Aire…!”

Durante las horas de trabajo de Chelina, en mi casa solo se escuchaba La Rancherita. Así fue como conocí el mundo de las radionovelas.

Una de las que recuerdo siempre es “Chucho el Roto”.  Era el Robin Hood mexicano. La historia de Jesús Arriaga, que según la leyenda,  robaba a los ricos para darle a los pobres y era conocido por sus múltiples fugas de la cárcel durante el porfiriato.

Asimismo, esa estación de radio que amenizaban mis tardes después de regresar de la escuela me permitió conocer a Lalo Mora, a Los Tigres del Norte, a Ramón Ayala y al grupo que vale lo que pesa: Pesado.

Mi rutina después de la escuela era: llegar a mi casa, lanzar el uniforme, la mochila y sentarme en el banquito de la barra de la cocina. Mientras tanto disfrutaba de la famosa limonada que preparaba Chelina y le contaba a mi mamá toda la tarea que tenía (y las múltiples láminas que debía comprar en la papelería para el día siguiente), en ese momento sonaba de fondo:

“Pero tú, ¿qué me has dado? Falsas promesas de amor…”

“Golpes en el Corazón”, de Los Tigres del Norte. Una gran canción, con excelente acordeón, para cuando quieres expresar ese amor que te dejó… o que simplemente no funcionó.

“Para sanar las heridas, voy a buscar otro amor…”

Después de este pequeño viaje en el tiempo, puedo entender la importancia y la relevancia que tiene la música en mi vida. Me ayuda a evocar la época de las comidas que me hacía mi mamá, de la cocina de mi casa de la infancia, de esa grabadora que sobrevivió hasta una inundación (una de mis tantas anécdotas), así como visitar las memorias que tanto atesoro de aquellos que ya no están conmigo, como Chelina o mi abuelo, Tito, cuyo gusto musical merece su propia crónica.

La música es la banda sonora de mis memorias, de esas historias que guardan un lugar sumamente especial en mi corazón, donde una canción me puede poner nostálgica, sacar unas cuantas lágrimas, hacerme reír o, simplemente, contar una buena historia con una excelente canción de fondo.

A fin de cuentas, la música es mucho más que ritmos y letras. Es como un álbum de fotos: al escuchar una canción, puedo volver a sentir, a revivir, a habitar por un momento esas memorias, llenas de personas y momentos mágicos.

Puedes encontrar las canciones mencionadas en esta crónica aquí: Crónicas de una melómana

  • “It’s Too Late” – Carole King
  • “I Know What I Know” – Paul Simon
  • “Jump in the Line” – Harry Belafonte
  • “Bob Dylan’s 115TH Dream” – Bob Dylan
  • “You’re Gonna Miss Me” – 13th Floor Elevators
  • “The Tracks Of My Tears” – Smokey Robinson & The Miracles
  • “Come On Eileen” – Dexys Midnight Runners
  • “Africa” – TOTO
  • “Don’t Stop Believin’” – Journey
  •  “Golpes En El Corazón” – Los Tigres del Norte

  • Radionovela

Chucho “El Roto” – Carlos Chacón  Chucho el Roto Capítulo 1 (Fragmento)

3 comentarios sobre “Crónicas de una melómana: historias entre radio, vinilos y ritmos

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