Todo pasa

Para mi madre

Todo pasa

Soñé con un recuerdo de la infancia.

En ese sueño me vi a mí ya no con 12 años, como entonces, sino la mujer que soy ahora , con pesar, con la cabeza recostada sobre las piernas de mi madre, mientras ella me acariciaba el pelo. El mundo alrededor de nosotras colapsaba, y entre sollozos, mi mamá me decía suavemente: Todo pasa.

Desperté con la sensación de que el mundo volvía a estar al borde del colapso. Mi mamá me sostuvo y me dijo exactamente eso… Todo pasa.

Hay quienes logran sostenerte, y luego está mi mamá, que hace algo innombrable: con pesar y valentía, levantarme de las penumbras más oscuras.

Esa mujer que se conduce a su propio ritmo, que me dice “vive más ligero”, sabiendo que ella misma siente la vida desde la profundidad.

Como muchas mujeres, conforme fui creciendo quise seguir sus pasos, y uno de ellos me llevó al mundo de los corredores. Dos apretones en la mano, nuestro ritual. “Nos vemos en la meta”, nuestro mantra. Cada carrera, con el corazón acelerado, tomo la mano de mi mamá, y al soltarla aún se queda conmigo esa fe que, cuando yo dudo de mí, mi mamá siempre está para recordarme: todo pasa.

Observándola desde que era pequeña, controladora del orden y de la limpieza, como si el mundo dependiera de eso, yo una niña confundida sin entender que el amor se traduce en distintos lenguajes. Conforme crecí entendí que amar no es simplemente decir “te amo”. Es recordar mi comida favorita, es consentirme con su pan de masa madre, ese que tardó decenas de intentos en perfeccionar y que ahora todos en la familia esperamos como si fuera lo más valioso que puede salir de una cocina. Es ese mensaje sencillo que dice todo: “vi esto y creo que te gustará”, porque en medio de su día, a veces caótico, se acuerda de mí. Y ese mensaje, con pocas palabras, me lo dice todo. Es que cuando hizo falta, ella multiplicó su amor como pudo. Y cuando nos faltó todo, el amor de mi mamá sostenía lo que quedaba con todas sus fuerzas. Hay quienes sostienen con un “te amo” y hay quienes sostienen con los brazos. Los brazos de mi madre son el lugar más suave y reconfortante que conozco en esta tierra.

Y aquí estoy, una mujer de casi 30 años, llena de lágrimas al recordar cómo las manos de mi mamá me han sostenido, cerca y lejos.

Tan simple como decir: Todo pasa. Porque si me lo dice mi mamá, el miedo parece un organismo pequeño y ya no la ola que me viene a consumir.

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