El acto más valiente

Por: Miroslava H. Mendoza

Desde que abrí este espacio “Mente en Letras” he compartido mis experiencias, emociones y reflexiones aquí para ti y para mí. Para yo tener donde acomodar mis incontrolables pensamientos y para ti que me lees y te he hecho parte de mi camino puedas tal vez sentirte identificado o simplemente leer la vida a través de mis ojos.  Hoy no es la excepción, vengo aquí a contarte lo que he vivido durante unos meses, lo que la vida me ha enseñado. Te agradezco la paciencia, sé que suelo desaparecerme, de tanto que desaparezco mis letras se quedan conmigo y dejamos este lugar desatendido, pero no te preocupes hemos vuelto (aquellas) y yo para continuar plasmando la vida aquí en tu espacio de lectura, en mi antología de lecciones aprendidas y poesía.  Hoy te traigo un nuevo capítulo, uno que con mucho cariño te comparto.

 La montaña rusa

En esta vida he perdido tantas cosas que creo que ya he perdido la cuenta de lo que se ha ido, pero, así como se han ido tantas cosas he ganado otras tantas.  Así se puede resumir un poco los caminos en los que he estado viajando todo este tiempo. Afortunadamente lo que me ha brindado el estar en ambos lados es la oportunidad de aprender y crecer.

Una vez me dijeron que la vida es como una montaña rusa, a veces estamos arriba y a veces nos toca estar abajo, pero tu eliges si te asustas o disfrutas del viaje. (pero que fácil suena disfrutar la vida en una corta frase).

Inevitablemente la vida te orilla a evolucionar y trascender, pero todo está detrás de la intención con la que se entran a estos caminos y si estás dispuesto a permitirte ser parte de una magnífica transformación.

Creo que en los momentos en donde pensamos tenerlo todo bajo control, todo fríamente calculado, es cuando algo nuevo nos desbalancea, y está bien, creo que está bien que nos muevan el piso de vez en cuando, que nos quiten la soberbia de pensar que lo sabemos todo. Estaba acostumbrada a vivir rápidamente, buscar para solucionar, a decidir para sobrevivir y de esta manera me ayudaba a no permitirme sentir por completo todo lo que la experiencia me quería dar, si existía dolor, confusión, tristeza, para mí era más fácil sentirlo a medias, sepultarlo y huir.  Me aterraba que mi corazón recibiera un golpe del cual no se pudiera recuperar.  Creo que a veces cuando uno se enfrenta a múltiples situaciones el miedo se ancla a nuestro pecho momentáneamente.

Sin embargo, hoy veo la vida con otros ojos, y creo que, si me he proclamado aprendiz de la vida, poetisa viajera de la inmensidad infinita  y observo todo lo que acontece y experimento como un maestro, necesitaba que me recordaran que continúo aprendiendo el arte de vivir y que hay incontables cosas que aún tengo que experimentar.

De tal manera que llegó algo inesperado a mi vida, algo de lo que no tenía control, algo que nunca había experimentado y algo para lo que nada me había preparado, y creo que nadie nunca esta preparado para lo que llega como avalancha de nieve mientras aún estás aprendiendo a esquiar.  Como si alguien me hubiera visto caminar con una gran estabilidad y me quisieron hacer tropezar. A veces necesitamos caer para adquirir nuevas perspectivas sobre la vida.

La magnífica transformación.

Es común que cuando que nos sucede algo inesperado, solemos resistirnos, somos humanos que se resisten al cambio cuando más cómodos estamos, y yo no era la excepción. Era doloroso, confuso, inesperado. Los adjetivos con los que nadie quiere relacionarse. 

Pero más que todo lo demás, tenía miedo, miedo de la incertidumbre, de tomar decisiones que me cambiarían la vida, de enfrentarme a un nuevo reto que venía en forma de ola hacía mí y apenas estaba recuperando el aliento.

Recientemente leí una frase de Edith Eger “La cárcel del miedo puede ser un motivante para crecer.”

Por lo que tenía dos opciones: huir de tantas emociones como antes lo hacía o echar mis raíces en ese momento y esta vez darme el tiempo de florecer dentro de todo lo que estaba experimentando.  (y si llegamos hasta aquí creo que sabemos que decisión tomé).

Hoy entiendo que la vida constantemente me ha dado la oportunidad de amarme, de crecer, evolucionar y florecer, así como soy: imperfecta, humana, impaciente y apasionada. A diferencia de otras ocasiones,hoy podía escoger entre echar mis raíces por una endemoniada vez y contemplar mi evolución o continuar corriendo a los brazos de lo seguro.

Entonces decidí darme tiempo, tiempo era lo que no me había dado, lo que me faltaba, lo que ahora aprecio y atesoro. Para sentir cada emoción de lo que pasaba dentro de mí, para escucharme, entenderme, darme espacio, reconocerme. Y puedo decirte que después de tanto, lo bien que me ha hecho.

Ahora sé que lo más importante es estar para ti cuando las cosas no van como esperas, que nadie puede darte tanta fortaleza en momentos difíciles como tú mismo, que lo último que debes perder es la fe en ti y en tu capacidad de enfrentarte a lo que venga.  Porque la esperanza no es pensar que todo saldrá como esperas, sino que existe una posibilidad de que en esos espacios oscuros donde sentimos que el sol dejó de acariciar, llegue la luna y los haga brillar, para darles un respiro más.  Citando nuevamente a Edith Eger: “La esperanza es el acto de imaginación más valiente que conozco.”  Y hoy quiero ser más valiente que nunca.

Ahora entiendo que el amor de las personas correctas puede hacer la diferencia, que es válido dejar a los demás entrar cuando sentimos que el camino es muy pesado para volvernos a levantar y continuar. Nadie nos juzgará si sentimos que estamos ya cansados de tambalear. El amor siempre nos ayudará a sanar.

He decidido plantar mis raíces aquí en este espacio y momento, quiero verme completamente libre, verme trascender sin importar que suceda, sé que mi corazón se nutre de resiliencia tras cada experiencia. Volar sin temer a caer, porque ahora sé que si tropiezo o caigo existe dentro de mi una insaciable sed y hambre de llenar mi alma de experiencia, de sabiduría, de seguir evolucionando y que puedo enfrentar lo que venga si me tengo. Y sé que, si me vuelvo a perder, siempre me volveré a encontrar, tal vez distinta, tal vez en una nueva piel, pero eso es meramente consecuencia de permitirse ser parte de esa magnifica transformación, aunque duela, queme, nos haga gritar, llorar, siempre podemos crecer dentro de la incomodidad, de lo confuso e incierto. Esta vez le dije adiós al miedo porque me cansé de huir de lo que está en mi camino.

 Ahora que lo tengo un poco más claro en vez de huir de lo que me sucede, abro mis brazos y dentro de la incertidumbre y el caos, le pido al Universo que me brinde la capacidad de adaptarme dulcemente a todo para seguir caminando en este viaje, con fe, calma y esperanza.

Hoy me siento plena y libre en mi propia piel, me abrazo, me perdono, me contemplo, me tengo aquí dentro, en este momento. Aquí es donde florecen y florecerán mis raíces.

Siempre con mucho cariño,

Miroslava.

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