Augurio

Una crónica de otoño

Es el último día de septiembre y el otoño apenas comienza, aunque en este lugar no lo parezca.

Llegó la hora de apagar las luces de mi recámara; solo dejo una lámpara encendida, a baja intensidad. Tengo que abrir la cortina y la ventana. Siento que me sofoco, me ahogan los insomnes ecos de mi cabeza, el calor acumulado del cuarto, la fricción entre lo que quisiera hacer y lo que debo hacer.

Necesito respirar.

Es un ritual: alejar mi vista de lo que pasa aquí dentro y observar.

Un cielo nublado me acompaña esta noche. La luna oculta. Están los edificios de siempre. A uno en particular lo iluminan luces rosas, moradas y azules que me recuerdan al Día de Muertos. Es una aseguradora. Al lado hay otro, iluminado por una luz roja. ¿Edificios o augurios?

La ciudad se mueve, se vuelve más silenciosa, se enciende y todo parece más claro.

Observo cómo se mueven los carros, cómo se mueve la gente, cómo se mueven las copas de los árboles, cómo se mueven los columpios de los juegos de mi edificio. El viento también se mueve, entra por mi ventana y seca el sudor de mi cara.

Mientras todo se mueve, mientras los carros, la gente, los árboles, los columpios, el viento siguen moviéndose, yo no me muevo.

Yo no me muevo.

Tal vez aún no quiero.

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