Cartas de una poetisa viajera: Preludio No. 1

A quien corresponda:

¿Recuerdas que hablábamos sobre los caminos del autodescubrimiento? Creo que hoy me conozco un poco más.

Te tengo un relato.

Me encontraba en plenitud, nadando en un mar en calma. Una paz inusual abundaba profundamente desde mis adentros. Estaba flotando y mis ojos se perdían en el cielo, en las nubes, en la magnitud de lo efímero y lo incierto. El sol acariciaba y besaba mi cuerpo, dejando bellas marcas sobre mi piel. El agua me acogía dentro de sus movimientos y, de pronto, vi mi pecho iluminarse: llevaba el universo aquí dentro. ¿Será esta la serenidad que deseaba en mis tácitos anhelos?

Inesperadamente, pude escuchar en la lejanía el preludio amargo, esa música agridulce que introduce la conmoción que se aproximaba, y mi cuerpo se petrificó. Reconocía el sentimiento que me provocaban esas notas musicales y sabía que no existe manto ni armadura que pueda cubrirme de la tempestad que desplomará mi cuerpo.

Dentro de los movimientos de olas crecientes, podía sentir cómo me observaba, cómo se acercaba; solo esperaba que fuera su momento. Para venir como un ancla y caer sobre mi pecho; para desplazar mi ser y hundirme hasta la profundidad de las penumbras del océano, en la soledad y en la agonía del silencio.

Mi corazón comenzó a acelerarse; entre cada palpitación se amplificaba la música y, de pronto, estaba aquí. Llegó a mí, me empezó a consumir, estaba más que presente. Cuando llegó el golpe, fue como si el impulso lograra desplazar mi alma de mi cuerpo y pude ser la espectadora de esa danza abstracta, ese baile por el cual es sometido mi cuerpo por un tiempo. No era la primera vez que sucedía esto.

La tempestad estaba ahí: la musicalidad de la melancolía se había colado entre mis huesos.

Siempre llega silenciosamente; comienza encajando con profundidad sus agujas y entra como líquido por mis venas. Viaja y se mezcla con mi sangre, recorre cada zona reparada, cada espacio oculto, sensible y vulnerable que existe en mí, cubierto por capas de sanación. Lentamente se puede apreciar cómo se derrumban las capas, las armaduras que cubren cada cicatriz se disuelven como arena, y me encuentro ahí: vulnerable, desnuda y sin armas.

Se me apaga el mundo, la melancolía se adhiere a mis venas y yo sangro letras. Mi sangre se convierte en tinta para escritos infinitos, versos y sonetos. Porque esa fue la manera que encontré para poder soportar la melancolía, para que dejara de ser tan fría y pesada. Porque no es tristeza lo que me consume: es el dolor fantasma de heridas que ya no están ahí.

Nunca la cuestionaba, no la encaraba; me aterraba la idea de ver qué había ahí dentro. En una de esas tantas danzas amargas, me detuve a escuchar la música con atención. Quería comprender si por lo que pasan mi cuerpo y mi espíritu tendría alguna explicación sensata.

Entonces comprendí que, por las promesas que hice —de vivir hasta arder, hasta embriagarme del elixir de la vida—, existe un lazo inquebrantable entre la melancolía y yo. Son los restos que me ha dejado la pasión que desborda en mí por querer absorber cada emoción, cada experiencia que tiene la vida para ofrecerme. Son los gajes del oficio; es el precio que hay que pagar cuando uno expone su corazón de manera desenfrenada.

Por eso existe el arte, la música, la literatura. Por eso estoy plasmando este relato salvaje: porque es el beneficio, el resquicio de esperanza que nos regala la melancolía por atreverse a pasar por la locura que es vivir. Porque es más fácil digerir la experiencia plasmada en letras, música y canciones que en un insufrible y despiadado silencio. Y todo se vuelve más hermoso, más apacible.

Decía Irène Némirovsky que nadie puede presumir de conocer el mar sin haberlo visto en la calma y en la tempestad, y de eso se trata este relato salvaje: de que existe un precio que pagar por atreverse a vivir. Pero prefiero pagarlo todo, porque quiero decir que valió la pena.

Sinceramente y con amor,

La poetisa viajera

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